Sonora siempre ha tenido vocación productiva: agricultura, ganadería, minería, industria. Pero en los últimos años he sido testigo de algo distinto: una convergencia de factores —cercanía con Estados Unidos, infraestructura en desarrollo, capital humano cada vez mejor preparado— que está colocando al estado en un lugar privilegiado dentro del nuevo mapa económico de México.
Como empresario que ha invertido en distintos sectores a lo largo de los años —desde la agroindustria hasta el desarrollo inmobiliario—, he aprendido a leer estos ciclos. Y lo que veo hoy es una oportunidad que exige, sobre todo, visión de largo plazo.
Uno de los aprendizajes más importantes de mi trayectoria es que el crecimiento económico de una región no beneficia solo a las grandes corporaciones que llegan a instalarse. Beneficia, sobre todo, al tejido empresarial local: a las empresas familiares, a los proveedores, a los negocios de servicios que crecen alrededor de cada nueva inversión.
Mi convicción, después de tantos años haciendo negocios en esta tierra, es que el desarrollo económico de Sonora depende de que las empresas locales se preparen con la misma seriedad con la que se preparan las empresas que llegan de fuera: profesionalizando su operación, invirtiendo en talento y pensando siempre en el largo plazo.
Sonora tiene, hoy más que nunca, la oportunidad de consolidarse como uno de los motores económicos del país. Y como empresario sonorense, me da mucho gusto ser parte de esa historia.