Después de 25 años al frente de un grupo empresarial diversificado, hay lecciones que solo se aprenden con los años y con los errores.
Cuando comenzó a construirse lo que hoy es un grupo empresarial con presencia en agroindustria, franquicias y bienes raíces, no existía un plan maestro. Había convicción, algo de terquedad, y la certeza de querer construir algo que durara más que una sola generación.
Con los años quedó claro que dirigir una empresa familiar tiene una complejidad distinta a la de cualquier otro negocio. No solo se administran activos, procesos y equipos: se administran relaciones, expectativas y, muchas veces, la historia de una familia entera. La disciplina financiera y la calidez familiar no están peleadas, pero exigen límites claros entre lo que es negocio y lo que es familia.
Una de las decisiones más determinantes en esta trayectoria fue aprender a delegar sin perder el rumbo. Ningún empresario, por más experiencia que tenga, puede sostener el crecimiento de un grupo diversificado en solitario. Rodearse de gente más capaz en áreas específicas —finanzas, operación, tecnología— ha sido, sin duda, lo que ha permitido que la empresa crezca más allá de lo que una sola persona hubiera podido lograr.
Uno de los motores más constantes a lo largo de estos años ha sido pensar que lo que se construye hoy lo heredará la siguiente generación. Eso cambia la manera de tomar decisiones: se piensa menos en el resultado del trimestre y más en si la empresa seguirá siendo sólida dentro de 20 años.
Sonora ha sido el escenario para construir, equivocarse, corregir y seguir adelante. Y si hay algo que compartir con otros empresarios es esto: la solidez de una empresa familiar no se mide en el balance del año, se mide en si sigue de pie generación tras generación.