Cuando empecé a construir lo que hoy es un grupo empresarial con presencia en agroindustria, franquicias y bienes raíces, no tenía un plan maestro. Tenía convicción, algo de terquedad, y la certeza de que quería construir algo que durara más que yo.
Con los años entendí que dirigir una empresa familiar tiene una complejidad distinta a la de cualquier otro negocio. No solo administras activos, procesos y equipos: administras relaciones, expectativas y, muchas veces, la historia de una familia entera. Aprendí que la disciplina financiera y la calidez familiar no están peleadas, pero exigen límites claros entre lo que es negocio y lo que es familia.
Una de las decisiones más determinantes que he tomado a lo largo de mi carrera fue aprender a delegar sin perder el rumbo. Ningún empresario, por más experiencia que tenga, puede sostener el crecimiento de un grupo diversificado solo. Rodearme de gente más capaz que yo en áreas específicas —finanzas, operación, tecnología— ha sido, sin duda, lo que ha permitido que la empresa crezca más allá de lo que yo solo hubiera podido lograr.
Si algo me ha motivado en todos estos años es pensar que lo que construimos hoy lo va a heredar la siguiente generación. Eso cambia la manera de tomar decisiones: piensas menos en el resultado del trimestre y más en si la empresa seguirá siendo sólida dentro de 20 años.
Sonora me ha dado la oportunidad de construir, equivocarme, corregir y seguir adelante. Y si algo puedo compartir con otros empresarios es esto: la solidez de una empresa familiar no se mide en el balance del año, se mide en si sigue de pie generación tras generación.